domingo, 25 de octubre de 2015

La dulce niña después de la dulce niña.



Lilium.
Puede parecer quizá por todo esto que he suelto,
sin remedio y con gran miedo,
que todo lo que he dicho en cuanto a lo que siento
es efímero como el tiempo.
Pero no es cierto.
A pesar de mis locuras y de mi inseguridad,
estoy seguro de que
todos mis “te quiero” fueron verdaderos,
de que todos mis abrazos sí fueron sinceros.
El corazón al igual que bombea sangre,
sin que nadie se lo mande…
(Paradoxus Luporum)


(Foto por David Rodríguez - 2015 / https://www.behance.net/drodgo)
La tormenta sigue,
la lluvia cae,
el viento devasta,
los árboles se quejan,
las velas se apagan,
en medio del caos
alguien baila regocijado,
no soy yo…

Debo de reconocer
que todos empeñamos
por monedas de plata
una porción de nuestros ideales,
para comprar alguna droga
dulce de besos y sentimientos,
con la cual colgarnos moribundos
de culpa y melancolía.

Debo de confesar
que con la firme convicción
de no volver por esos ideales
y fumarnos nuestra derrota,
traicionamos al mesías
que habita en nuestro pecho,
que bombea nuestra alma
hacia nuestros labios,
manos y ojos.

Debo de admitir
que lo único que en verdad he querido,
lo único que honestamente he soñado,
es ser amado en alguna proporción,
quizá menor,
a la que lo he hecho.

Debo aceptar...

El ojo del huracán,
esa mentira que nos hace pensar
que todo ha terminado,
es lo más cercano
a ser genuinamente feliz
que he vivido,
reír sin mayor motivo
que estar recostado
en mi cama junto al volátil sueño lila,
equidistante entre lejanía y cercanía,
que la luna no se ha apagado
aún sigue siendo plata que brilla
en la profunda noche,
se ha convertido en mi guía…

Ya que he cruzado la frontera
y no hay vuelta atrás,
puedo avanzar en el camino
echando vistazos
nostálgicos al sendero recorrido.
Reír y sonreír,
soltar lo que dentro de mí
se había acumulado,
por el beso en la frente,
que aterrizó en los párpados,
se deslizó en la punta de la nariz
para besar la risa;
ese fútil intento
por acariciar un alma.

Debo reconocer
que el sentimiento
que me tiene con vida,
el sueño que me hace
despertar día con día,
que mis palabras me han
amarrado plácidamente
como parafilia,
me atan a la promesa
y compromiso
de los sentimientos
que digo y escribo.

Debo de confesar
que también me he traicionado,
en el momento más desesperante
me he declarado inocente,
cuando pesa sobre mí la culpa:
los “te amo” que no dije por cobarde
y los que repetía desesperado
para escuchar eco.

Debo de admitir
que un pedacito de pasado,
que sigue presente
y se convierte latido a latido
en mi futuro…
Si me van a culpar,
yo les digo que a tanta tormenta
busco mi refugio,
¿cómo distinguir la verdad de la mentira
cuando el verso es desesperado?

Debo aceptar
que no bailo bajo la tormenta,
acepto mi responsabilidad,
acepto mis fallas,
las piezas de plata
hacen eco en el suelo
mientras cuelgo.
Soy Iscariote que extraña
la salvación que nunca obtuvo.

Por: JEF (2015)

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